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EL BLOG DE LA 100.9 MHZ

viernes, 9 de agosto de 2013
¿Quién es Francisco, el hombre, el dueño de una personalidad sinuosa que oscila entre el poder y la santidad? Bello, el filósofo que más lo conoce, se anima a transitar un camino anticíclico para retratar el lado B del Sumo Pontífice en un libro revelador “El verdadero Francisco”, editado por NOTICIAS.
Contacto tuvo la posibilidad de dialogar con el Bello y esta es la nota:


Omar Bello es publicitario y filósofo argentino, escribe en la revista Noticias, Perfil y es director del diario LA VERDAD.

miércoles, 31 de julio de 2013
En las páginas de este libro de no ficción, Eduardo Blaustein, cruzó múltiples escenarios y protagonistas, ya que aborda el periodismo, los medios y las batallas del kirchnerismo. Hace hincapié en el temible poder de los multimedios, la soledad y fragilidades del periodista común, la figura del periodista estrella que ha mutado de trabajador a operador político, la degradación y exacerbación de los lenguajes, la curiosa trayectoria de Jorge Lanata -hoy fenómeno de audiencia- y otras conversiones igualmente llamativas. En el otro rincón de este ring nacional, el contrafuego de la comunicación kirchnerista, sus aciertos, sus excesos, sus debilidades.
Eduardo Blaustein se mete de lleno en la más furiosa y a menudo agobiante batalla política de estos años, batalla que se libra también por fuera del mundo de la comunicación y también de la Argentina; la compleja y áspera relación entre medios y democracias está muy lejos de ser un malestar meramente local.
Este es un texto imprescindible, escrito con pasión, que no finge neutralidad y que intenta saltear las trampas de una agotadora polarización en la que -sólo en apariencia- existe de un lado la verdad y del otro, el relato. Blaustein, en Años de rabia, se pregunta qué es el periodismo hoy y logra, de un modo remarcable, pensar por sobre el ruido y el griterío, reflexionar más allá de la urgencia.


Biografía de autor:
Eduardo Blaustein inició su trabajo en periodismo en gráfica y radio en Barcelona, donde se licenció en Ciencias de la Información. En Argentina trabajó en diversas redacciones, entre otras en la mítica revista El Porteño, Página/12, Crítica de la Argentina, Miradas al Sur. Publicó Decíamos ayer. La prensa argentina bajo el Proceso (Colihue), Prohibido vivir aquí. La erradicación de villas durante la dictadura (Punto de encuentro) y las novelas Cruz Diablo (premio Emecé 1997) y La Condición K (Altamira). 
jueves, 29 de julio de 2010
De repente te mandaron la Sentencia anticipada que te queda poco tiempo de vida.
Te vas a morir pronto.
Una angustia helada te corrió por el cuerpo, y toda la tristeza te inundó el alma. Sentiste un llanto casi mudo. Te encerraste en tu habitación, y empezaste a recordar el último cuarto de siglo de tu vida.
Te inundó un sentimiento de culpa por dedicarte a ver el resumen de los noticieros por televisión y dejarte inundar por una tormenta de noticias, creyendo que con eso estabas conectado con el mundo.
Tanta luz te encandiló, y te quitó la posibilidad de convivir humanamente, y te arrebató durante estos 25 años las ganas de dedicarte a conversar con los tuyos.
Te diste cuenta, que por el poco tiempo que te queda en esta vida, ya no tendrás la oportunidad de recuperar el tiempo para ir a hablar con los amigos. Peor aún, la proximidad de la muerte no te dará espacio para reconciliarte con todos aquellos que por una banalidad te enojaste. Te vino a la mente, como dice García Marquez que: ‘Morir es no estar nunca más con los amigos’.
Ya con esa irreductible muerte en ciernes, te diste cuenta que el tiempo de la vida no era el tiempo de los relojes, sino aquél que dedicaste a los grandes rituales, como la mesa bien servida; bien regada por el vino; y coronada por el afecto de los amigos. Tuviste el dinero para que no tengas carencias vos y los tuyos, y sin embargo, no lo aprovechaste. Viviste corriendo el arco de la cancha todos los días.
Ya es tarde; para muchos amigos que apreciás, no te alcanzarán los días para decirles que fueron muy importantes en tu vida, de amigarte con el que te peleaste burdamente, y peor aún, con aquél que alguna vez fuiste injusto: ya no le podrás pedir perdón. Te irás con esa culpa inmortal a la tumba.
Hace 25 años que despreciaste el ocio, porque te vendieron que debías usar el tiempo de modo utilitario, y debías emplearlo únicamente en términos de producción. Compraste eso de: ¡...El tiempo es oro...! Ahora descubrís que es mentira. Era solo el espejismo que proyectaba el oro.
Te diste cuenta que te malvendieron -y lo pagaste muy caro-, que el fin justifica los medios; que únicamente había lugar para los ganadores. Hasta trasvestiste el idioma, y así decías para tu interior que aspirabas a ser un ‘winner’, y por eso no querías perderte una reunión en la que podían estar los top’s del momento.
Te arrepentís de haberte puesto tantas máscaras que hicieron que no te reconozcas vos mismo. No querías perderte una, y ahora te das cuenta qué acertado estaba quien decía: ‘Los que van a todos lados, es porque no tienen nada para dar’.
Hoy te das cuenta que la trayectoria de tu vida es solamente la que está a la vista de todos.
Te arrepentís de haber vivido angustiosamente perdido entre multitudes, cuyos valores no conocías y tampoco compartías su historia.
Ahora que la muerte avanza a tambor batiente, caés en la cuenta que te llenaste de un sentimiento de orfandad; te sentís absolutamente solo, y la soledad se vuelve terrible y agobiante.
Te arrepentís de haber enviado a tus hijos a institutos en los que la educación se asienta sobre el individualismo y ganar a cualquier costa.
Dejaste que les enseñaran cristianismo y competencia; individualismo y bien común, y les diste largas peroratas sobre la solidaridad, la que se contradice con la desenfrenada búsqueda del éxito individual para la cual se los prepara.
Dejaste que la vulgaridad te llevara a la sobrevaloración de la diversión, y así te quitaran los valores. Te acostumbraste a decirle al amigo; ‘todo bien’, ‘todo en orden’, cuando eso era una barrera para que no te pida nada. Veladamente con eso les decías: Sí tenés un problema, buscá a otro.
Ya no te queda tiempo, la única plata que fue tuya es la que te pudiste gastar. Ahora estás espantosamente solo. Vos y tu congoja. Un huracán de malos presagios te inunda. Tu mente es un torbellino, sentís angustia, tenés una opresión que te quita y contrae la respiración.


DE REPENTE: UN HAZ DE LUZ ILUMINO TU CUARTO.
No estaba corrida la cortina. Hay más de un pájaro que canta. Esta horrible pesadilla te llevó a que no te despertaras a la hora temprana que siempre te levantás para seguir con la cárcel virtual de tu vida.
Se te iluminó el alma, ¡...era solo un sueño...!. Sí; soñaste con tu propia muerte. Y repetís y repetís dentro tuyo: ¡... Es mentira, era solo un sueño, puedo seguir viviendo...!
Son las 9 de la mañana, es una típica jornada del 8 diciembre. Sí y estás vivo, no te vas a morir.
Hay música en tu casa y es el día en que se arma el Árbol de Navidad.
Hay un árbol muy grande, y hay niños alrededor de él; desde la radio se escuchan los villancicos Navideños.
No te vas a Morir. La pesadilla quedó atrás. Te vienen a la mente, la fascinación de aquel regalo que le pediste al niño Dios para Navidad. Y que la magia del amor y esfuerzo de tus padres te lo concedieron, y ese milagro estuvo homologado por la mesa muy larga con tus tíos, primos y hermanos.
Te estás dando la ducha. No podés dejar de pensar en la horrible pesadilla de esta larga y dramática noche. Y empezás a recordar que uno de los sentimientos de dejar este mundo es que ¡Morir es no estar nunca más con los amigos!. Que la mezcla rara del surrealismo del sueño te dió una nueva oportunidad. Y te lamentás que todas estas reflexiones hayan venido por la horrible pesadilla de soñar con tu muerte.
Va a ser Navidad, y tenés tiempo para volver a los valores que este mundo complejo te hizo anestesiar. Hay amigos que seguramente llamarás; cosas que podés mejorar.
Y encontraste una perla espiritual en tu vida; te has propuesto que la muerte no será la cruel forma de aprender a vivir. Y también te viene a la mente que pese a todo este último tiempo mal administrado, hay mucha gente que sigue apostando a los valores que vos aún conservas; los talentos que adormeciste. Que hay mucha gente que con alma generosa tiene expectativas en vos y te sigue dando crédito para que rindas cotidianamente tributo a los afectos.
Desde tu corazón brota la propuesta para que eleves tus manos a las estrellas, pero luego pongas manos a la obra para recuperar el verdadero tiempo del reloj, que es el que se dedica a las cosas que nos hacen reír y llorar, para afuera y para adentro, y notás que ese haz de luz que te sustrajo de la horrible pesadilla, hoy te ilumina el corazón y te escribe en el alma que serás rico en proporción a las cosas que puedas desechar y a los afectos que puedas acumular.
¡…FELICES FIESTAS…!

Las Parejas, diciembre de 2009.-

Dres. JORGE RAUL TORRESI
LILIANA MATILDE VALDANO
MARISA BEATRIZ DRUETTA
lunes, 27 de julio de 2009
Creo en el amor como la experiencia más maravillosa de la existencia y como generador de toda clase de alegría. Y en el amor correspondido como la felicidad misma. Pero no fui educado para él, ni para la felicidad ni para el placer. Porque fui advertido malamente contra la entrega y el gozoso abandono que supone. Cada día, entonces, todavía, es una ardua conquista, una trasgresión, una desobediencia de vida a mí mismo, una porfía. La laboriosa tarea de desaprender lo aprendido, el desacato a aquel mandato primario y fatal, aquel dictamen según el cual se gana o se pierde, se ama o se es amado, se mata o se muere. La vida por lo tanto no me ha endurecido, ese tal vez sea mi mayor logro. Que me palpen de armas. Dejo a un lado si alguna tuve o me queda, toda arma que sirva para volverse temible, para someter, para acumular, para ser poderoso, para triunfar en un mundo de mano armada, en el que la felicidad se compra con tarjeta de crédito. No quiero que la lucidez me cueste la alegría, ni que la alegría suponga la negación o la ceguera, pero no me es fácil. Me cuesta vivir a contratiempo, con la sensación de ser testigo de un desatino histórico gigantesco, de un extravío descomunal, tan irracional, absurdo o desolador como la bomba de neutrones. No entiendo al mundo, me parece como dice Serrat que ha caído en manos de unos locos con carnet. Me siento ajeno a la debacle pero en medio de ella, mi vida es apenas un instante en el océano del tiempo, y es como si quisiera que ese instante fuera sereno y hondo en medio de una ensordecedora discoteca o de un holocausto definitivo, siempre a punto de estallar. Me desazona la vanalización de la vida, el pavoneo de la insensatez, el triunfo de la prepotencia y de la ostentación, la deshumanización salvaje de los poderosos, la aceptación y el elogio del sálvese quien pueda, la práctica y la prédica del desamor y de la histeria. Me descorazona la idiotez colectiva, la idealización de lo superfluo, el asesinato de la inocencia, el descuido suicida, de lo poco que merecería, nuestro mayor esmero, el desconocimiento o el olvido de nuestra propia condición. Me conmovió no hace mucho que el cosmólogo Sagan en un artículo extenso, escrito, como desde un punto perdido en el infinito del espacio desde el cual, el mundo se observa como una bolita cachuza, terminaba diciéndonos, besen a sus hijos. Escuchemos a esos hombres, sigámoslos. Leamos a los poetas, no permitamos que el misterio de la existencia deje de estremecernos cada día, porque es el costo más alto que podemos pagar por nuestra necedad y nuestra omnipotencia. La vida de un árbol merece nuestra devoción y nuestro más grande regocijo. Al amparo gozoso de su sombra, acariciados por la tibieza de la luz del sol y arrumados por el sonido mágico e irrepetible de su follaje, mecido por la mano invisible del viento, estaremos a salvo de la alienación y de la orfandad. Siempre y cuando seamos capaces de desear esa gloria, mientras nos sea posible y de reconocer en ella nuestra mayor riqueza. Que la muerte no nos hiera en vida, que la ferocidad no nos pueda el alma, que nada troque nuestra dicha de estar despiertos, que una caricia nos atraviese como una flecha jubilosa y radiante. Besemos a los que amamos, amémonos.
martes, 14 de julio de 2009
Hubo una vez un rey que dijo a los sabios de la corte: — Me estoy fabricando un precioso anillo. He conseguido uno de los mejores diamantes posibles. Quiero guardar oculto dentro del anillo algún mensaje que pueda ayudarme en momentos de desesperación total, y que ayude a mis herederos, y a los herederos de mis herederos, para siempre. Tiene que ser un mensaje pequeño, de manera que quepa debajo del diamante del anillo.Todos quienes escucharon eran sabios, grandes eruditos; podrían haber escrito grandes tratados, pero darle un mensaje de no más de dos o tres palabras que le pudieran ayudar en momentos de desesperación total… Pensaron, buscaron en sus libros, pero no podían encontrar nada.
El rey tenía un anciano sirviente que también había sido sirviente de su padre. La madre del rey murió pronto y este sirviente cuidó de él, por tanto, lo trataba como si fuera de la familia. El rey sentía un inmenso respeto por el anciano, de modo que también lo consultó. Y éste le dijo:— No soy un sabio, ni un erudito, ni un académico, pero conozco el mensaje. Durante mi larga vida en palacio, me he encontrado con todo tipo de gente, y en una ocasión me encontré con un místico. Era invitado de tu padre y yo estuve a su servicio. Cuando se iba, como gesto de agradecimiento, me dio este mensaje — el anciano lo escribió en un diminuto papel, lo dobló y se lo dio al rey-. Pero no lo leas — le dijo — mantenlo escondido en el anillo. Ábrelo sólo cuando todo lo demás haya fracasado, cuando no encuentres salida a la situación —
Ese momento no tardó en llegar. El país fue invadido y el rey perdió el reino. Estaba huyendo en su caballo para salvar la vida y sus enemigos lo perseguían. Estaba solo y los perseguidores eran numerosos. Llegó a un lugar donde el camino se acababa, no había salida: enfrente había un precipicio y un profundo valle; caer por él sería el fin. Y no podía volver porque el enemigo le cerraba el camino. Ya podía escuchar el trotar de los caballos. No podía seguir hacia delante y no había ningún otro camino…
De repente, se acordó del anillo. Lo abrió, sacó el papel y allí encontró un pequeño mensaje tremendamente valioso:Simplemente decía “esto también pasará”.Mientras leía “esto también pasará” sintió que se cernía sobre él un gran silencio. Los enemigos que le perseguían debían haberse perdido en el bosque, o debían haberse equivocado de camino, pero lo cierto es que poco a poco dejó de escuchar el trote de los caballos.
El rey se sentía profundamente agradecido al sirviente y al místico desconocido. Aquellas palabras habían resultado milagrosas. Dobló el papel, volvió a ponerlo en el anillo, reunió a sus ejércitos y reconquistó el reino. Y el día que entraba de nuevo victorioso en la capital hubo una gran celebración con música, bailes… y él se sentía muy orgulloso de sí mismo.
El anciano estaba a su lado en el carro y le dijo:— Este momento también es adecuado: vuelve a mirar el mensaje.— ¿Qué quieres decir? — preguntó el rey —. Ahora estoy victorioso, la gente celebra mi vuelta, no estoy desesperado, no me encuentro en una situación sin salida.— Escucha — dijo el anciano —: este mensaje no es sólo para situaciones desesperadas; también es para situaciones placenteras. No es sólo para cuando estés derrotado; también es para cuando te sientes victorioso. No es sólo para cuando eres el último; también es para cuando eres el primero.
El rey abrió el anillo y leyó el mensaje: “Esto también pasará”, y nuevamente sintió la misma paz, el mismo silencio, en medio de la muchedumbre que celebraba y bailaba, pero el orgullo, el ego, había desaparecido. El rey pudo terminar de comprender el mensaje. Se había iluminado.Entonces el anciano le dijo:— Recuerda que todo pasa. Ninguna cosa ni ninguna emoción son permanentes. Como el día y la noche, hay momentos de alegría y momentos de tristeza. Acéptalos como parte de la dualidad de la naturaleza porque son la naturaleza misma de las cosas.
lunes, 22 de junio de 2009
(HECTOR GAGLIARDI)
¿Y Negra...te puedo hablar...? Ya los chicos se han dormido así que deja el tejido que después te equivocas y hoy te quiero preguntar por qué motivo las madres de la mañana a la tarde amenazan a sus hijos con este estribillo fijo: íAY CUANDO VENGA TU PADRE...!
Y con tu padre de aquí y con tu padre de allá resulta que al final al verme llegar a mi lo ven entrar a Caín y escapan por todos lados y yo que vengo cansado de trabajar todo el día recibo por bienvenida una lista de acusados...
Vos empezás con tus quejas y yo, tengo "que enojarme" lo mismo que hacia mi Padre cuando escuchaba a la Vieja... que entraba a fruncir las cejas apoyando a esa fiscal que en medio del temporal se erigía en defensora lo mismo que vos ahora ¡que siempre...me dejas mal...!
Si los perdono...¡Qué ejemplo...! ¡Así es como los educo...!Si los castigo...¡Sos bruto y no tenés sentimientos...!
A mí, que llegué contento y no tuve más remedio que poner cara de serio y escuchar tu letanía...
¡A mi que me paso el día pensando en jugar con ellos...!
¡Yo sueño en llegar a casa y olvidarme felizmente del trabajo, de la gente, y de todo lo que pasa...!
los hijos son la esperanza y el por qué de nuestras vidas por eso...nunca les digas: ¡AY...CUANDO VENGA TU PADRE...!
¡No quiero encontrar culpables, quiero encontrar alegrías...! ¡Que no me pongas de escudo como lo hacia mi Madre que consiguió que a mi Padre lo imaginara un verdugo...! ¡El llegaba y te aseguro que terminaban las risas y en lugar de una caricia de hablarle como a un amigo lo miraba compungido presintiendo una paliza...!
Y el pobre que no me entendía sacudiendo la cabeza escuchaba con tristeza lo que mi Madre decía -y que él de sobra sabia- "¡Que con usted no se puede, que me ensució las paredes, que la calle, la pelota, que trajo las suelas rotas y me saca canas verdes...!"
¡Ahora mismo...acuéstese...! -aburrido me ordenaba- mi Madre me consolaba y yo, lo culpaba a él... a él que había llegado recién de trabajar, tan cansado... y ya lo había amargado con todas mis travesuras...! ¡Yo era una criatura pero jamás lo he olvidado...!
Los hijos nunca analizan el sentimiento del Padre porque el brillo de la madre es tan fuerte que lo eclipsa; solo le hacemos justicia a su íntimo sentir cuando nos toca vivir a nosotros su problema...
¡Ah...si mi Padre supiera que recién lo comprendí....! ¿Y por qué nunca me dijo del modo que me quería si yo sé como sufría al ver enfermo a su hijo...? ¡Por qué me miraba fijo el primer pantalón largo y sé que me habrá besado cuando yo estaba durmiendo...!
Hoy que todo lo comprendí ¿Por que no estará a mi lado...? ¿Por que no estarás ahora para abrazarte bien fuerte viejo lindo....y ofrecerte mi cariño a todas horas...?
¿Ves a tu hijo que llora...? ¡Pero ...llora con razón porque te pide perdón al pensar en esos días en que ciego no veía que eras todo corazón...!
¡Dejame Negra que llore, es tan lindo desahogarse...! ¿Vamos a ver lo que hacen nuestros futuros señores...? ¡Mirálos esos pantalones...! ¡Tapala un poco a la piba...! ¡Sí...ya sé...no me lo digas... "Hoy se fue a la calle sola..."!
¡ACOSTATE REZONGONA... MAÑANA...SERÁ OTRO DIA...!
domingo, 9 de noviembre de 2008
Fíjate bien, ¡y verás cómo las plantas se parecen a las almas!
Hay arbustos fuertes, erguidos, desafiantes… pero ante los días de lluvia, de fuertes ciclones, de tormenta, caen despedazados, inertes, incapaces de retoñar jamás.
Los hay menos corpulentos, menos ostentosos, menos llamativos, pero que parecen hechos de una sola pieza… raíz desde lo profundo hasta la copa. Afrontan la tormenta, se tambalean, se desgajan y pierden hojas, pero permanecen en pie, esperando mejor tiempo para reconstruirse. ¡Y si se parten, por esa misma herida empiezan a florecer cuando llega la primavera!
Los hay siempre enredados en otros, acaparando, ahogando, absorbiendo la savia que circula y los jugos que los nutren. Y suben, cada vez más alto, pero siempre trepados, enredados.
Y los hay libres, escogidos, que necesitan estar solos con su tierra, su humedad, los rayos dorados del sol. Eso les basta!
Unos que se inclinan al paso de cualquiera, perfuman siempre y tal parece que viven arrullando. Otros, en cambio, son tan ásperos, tan duros, tan punzantes, que acercarse es un peligro… y si lo haces sin pensar, pronto habrá que lanzar un quejido desgarrador.
Los hay con bellos frutos, pero necesitan abono, rayos tibios, su propia tierra, agua refrescante y cristalina. Si los transplanta, mueren… y cando no mueren, languidecen.
Otros casi no necesitan nada para dar muestras de su presencia… y al huequito de sol que les sale al paso dirigen su gajos y se asoman al mundo. Causa admiración que casi sin cuidado, sin esmero de nadie, presenten una fronda tan viva y tan hermosa.
Los he visto que se ocultan, se cierran de noche, se refugian en cualquier cosa que los ampare. Son suaves, aterciopelados… como los sueños. A ellos llegan las abejas, las mariposas, ¡todo el que está ávido de calor, paz y dulzura!
Cuando se cuajan de frutos, algunos los bajan, para que los disfrute todo el mundo; otros los suben, los rodean de tanto follaje que acaban por pudrirse solos… acaso con unos picotazos de pájaros que luego los desprecian.
¡Es la viña del Señor! Son las almas de los hombres. Alcanza para nutrirnos a todos… Y para todos hay en este vasto campo una rosa de felicidad.
¿Por qué no sabemos encontrarla?